Caldria que els economistes tinguessin un coneixement de la història molt més ampli del que tenen. Segurament això és més important que coneixer les fòrmules i els sistemes d’equacions sobre els que es basen uns models reduccionistes i miops, construits sobre uns supòsits simplistes i falsos. La història ens ensenya com han passat abans els esdeveniments, i com s’han superat o patit.
Llegint la breu però interessant Història d’Espanya de Pierre Vilar trobem uns fragments sobre com la crisi de l’imperi espanyol té una base molt important en la crisi del tresor de la corona. Una sèrie d’aventures bèl·liques i altres projectes van esdevenir ruinosos, i juntament amb l’estructura social del moment, l’accés al capitalisme pujant a Anglaterra i Europa es va aplaçar uns quants segles per a regne d’Espanya.
Fragment del llibre de Pierre Vilar [1] , les negretes són meves:
Para darse cuenta de que Carlos V agota en su propia vida una fuerza más limitada de lo que él creía, basta comparar al joven y brillante vencedor de Pavía con el vencedor preocupado y cansado de Mühlberg, y finalmente con el recluso de Yuste. Porque esa fatiga es también la del pueblo español. Unas cuantas decenas de miles de buenos soldados es poco para todo un mundo. Se hace preciso, entonces, pagar mercenarios. Y pagar también viajes imperiales, cortes de virreyes, así como el prestigio de un soberano del siglo XVI. ¿Qué pasa, entonces, con el presupuesto modesto, dispuesto “al modo de Castilla”, que las Cortes no cesan de recordar? Hay que pedir préstamos, con la garantía de los famosos ingresos de las Indias. En 1539 se debe un millón de ducados a los banqueros Fugger, Welser, Schatz y Spínola: en 1551, se deben 6.800.000. En 1550, no se puede disponer de los ingresos de América por un plazo de dos años. Los intereses se vuelven usurarios. Se ofrecen garantías, no sólo de las colonias, sino de la propia España: los maestrazgos, las minas de Almadén. Cuando, en 1556, abdica Carlos V y escinde el Imperio entre su hijo y su hermano, confiesa un fracaso a la vez político y material. Felipe II, el día de la gloriosa batalla de San Quintín, que abre su reinado, manifiesta una verdadera obsesión en su correspondencia: la preocupación por los sueldos que hay que pagar. El rey de España, a quien todo el mundo cree cubierto de oro, se encuentra paralizado por esta miseria. En 1557 está en bancarrota. Decididamente, la idea de un poder universal no está en armonía con la época. Ha llegado la era de las políticas puramente nacionales.
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Lo que está en crisis es el imperialismo español y lo que había conservado de específicamente feudal.
La “conquista” fue hecha por los castellanos como antes la “reconquista”. Obteniendo tierras, tesoros y el servicio de los hombres.
¿Podía este tipo de imperialismo lanzar una economía moderna? Los hombres que habían propulsado el descubrimiento por razones económicas eran genoveses, flamencos, judíos, aragoneses del séquito de Fernando. Pero el monopolio y las condiciones demográficas hicieron de la “conquista” un asunto de los hidalgos de Extremadura, de los ganaderos de la Meseta, de los administradores sevillanos. Los beneficios no fueron “invertidos” en el sentido capitalista del término. Los emigrantes favorecidos por la fortuna soñaban con compras de terrenos, con construcciones de castillo, con tesoros. El teatro y Don Quijote reflejan esta actitud, tanto del campesino como del hidalgo. Una obra a la gloria de Madrid demuestra del siguiente modo su nobleza: todas las ciudades trabajan para Madrid, que no trabaja para ninguna. Doctrinas recientes hay que han considerado como un título de gloria esta inadaptación de España al capitalismo. Pero ella fue quien condenó el país a la ineficacia.
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Hacia 1600, las inmensas deudas de la monarquía española por sus empresas imperiales, los enormes adelantos hechos por todas las clases de la sociedad con la garantía del dinero de las Indias, hicieron de la sociedad española una pirámide parasitaria, donde, por el sistema de censos y juros (rentas sobre los empréstitos privados y públicos), un solo labrador –nos dice un contemporáneo- debía alimentar a treinta no productores.
Éste es el verdadero sentido de la “decadencia”.
[1] Vilar, Pierre. Historia de España, Ed. Crítica, Barcelona, 1978. Pàg. 71-72, 104-105.



