La profesión de economista y la crisis

Los economistas no han previsto ni la crisis ni sus repercusiones. La causa, su excesiva fe en la eficiencia de los mercados y su ignorancia sobre los precedentes históricos, explica el economista Paul Krugman.

Es en las circunstancias de crisis donde el trabajo de economista toma todo su sentido. El de los macroeconomistas, en particular, consiste en comprender y en impedir, o al menos en atenuar, las crisis económicas. La de 2008-2009, era pues, la ocasión para justificar la existencia de su profesión.

Para decir las cosas educadamente, hemos fracasado. En mi opinión, se les puede hacer tres reproches a los economistas. Primero, no han visto venir la crisis. Segundo, estaban tan equivocados que ni siquiera concebían la posibilidad de una crisis semejante. Tercero, han sido incapaces de dar consejos útiles sobre qué hacía falta hacer después del detonante de la crisis. El primer reproche es, a mi juicio, en gran medida –no totalmente- injusto. El segundo es mucho más importante: cualquiera que dispusiera de un bagaje histórico debería darse cuenta que la época de las crisis financieras estaba lejos de haber desaparecido. Pero el fracaso más abrumador de los economistas ha sido la ignorancia manifiesta de lo que yo llamo economía de la depresión.

Prever la crisis

¿Qué es lo que los economistas habrían debido de saber de la crisis que se preparaba? Es manifiestamente injusto reprocharles el no haber previsto la quiebra de Lehman el 15 de setiembre de 2008. No habría sido realista esperar de ellos que predijeran el año de la crisis o el nombre de sus primeras víctimas. ¿Pero habrían debido de tener conciencia que una crisis se estaba gestando después de varios años? Desde mi punto de vista, sigue siendo extraño que los economistas no se hayan dado cuenta que estábamos experimentando una burbuja inmobiliaria monstruosa. Como Robert Shiller estableció en 2005, el aumento real de los precios inmobiliarios después de 2002 llegó a niveles  totalmente desconocidos. Este es el más claro error de valorización del mercado (market mispricing) que he visto en mi carrera. Aún más evidente que el de la burbuja de las puntocom, ya que este tenía al menos la excusa de tratarse de tecnologías completamente nuevas cuyo potencial era entonces desconocido. Pero hace cerca de siete mil años que habitamos en viviendas: podríamos habernos hecho  una idea razonable de lo que valían.

¿Entonces por qué ha habido tan pocos economistas que anunciaran esta burbuja? Sospecho que la teoría de mercados eficientes, en su sentido amplio –es decir, la creencia según la cual los mercados no pueden estar tan equivocados–, ha jugado un rol mayor.  En este sentido, ha habido una equivocación estructural en la profesión.

¿Pero qué decir de lo que ha pasado después que la burbuja explotara? Personalmente me equivoqué en no haberme dado cuenta de la dimensión de sus repercusiones, y según el principio de auto justificación, estoy tentado de decir que nadie podía razonablemente esperarlo. Pero, en efecto, deberíamos haberlo visto. Incluso si los detalles se nos podían escapar, un simple paseo a través de la historia de las crisis debería indicarnos que una quiebra inmobiliaria podía comportar una crisis financiera de gran envergadura e importantes problemas de balances[1]. A menudo me culpo por no haber pesado en ello. Sobre todo porque algunos entre nosotros, que habían estudiado la crisis financiera asiática de los años 1990, habían insistido en los problemas en los balances que hemos conocido. ¿Por qué no pensé en aplicar la misma lógica a la quiebra inmobiliaria americana que se anunciaba?

Aceptar la posibilidad de una crisis

Uno puede excusar la incapacidad de los economistas de predecir la crisis financiera. Es bastante más difícil ser igual de indulgente con su incapacidad de concebir la posibilidad de que algo así pueda pasar. Las crisis bancarias son, en efecto, un tema recurrente en la historia económica moderna. Nadie debería pretender ser macroeconomista sin tener un profundo conocimiento de lo que pasó en 1931, tanto en Estados Unidos como en Europa. O, sin remontarnos tan lejos, con la crisis escandinava de principios de los años 1990, la crisis asiática de finales de los años 1990, Argentina y otras.

No sólo la historia enseña que las crisis se pueden producir, también la teoría. Los trabajos de Douglas W. Diamont y Philip H. Dybvig son un modelo perfecto de esto que acabamos de ver. Su modelo canónico muestra como los pánicos bancarios pueden sobrevenir, y ello no es tan complicado que pase.

Según estos economistas, unos depósitos garantizados adecuados pueden evitar la posibilidad de un pánico bancario. Pero me temo que muchos economistas se han contentado leyendo este artículo como un ensayo de historia económica, una descripción de aquello que podría pasar en tiempos antiguos. En realidad, una lectura apropiada de este trabajo, lejos de reconfortar la profesión en cuanto a la estabilidad de nuestro sistema, la debería inquietar.

La cuestión interesante a plantear después de leer a Diamond y Dybvig es: ¿qué es un banco? La respuesta es que no es necesario que sea un imponente edificio en mármol con su rango de cajeros –esta es la descripción de un establecimiento de depósitos. De acuerdo con el modelo de Diamond y Dybvig, cualquier institución que pida prestado a corto plazo y reinvierta sus fondos a largo plazo en activos poco líquidos puede ser considerada como un banco. Esto debería habernos llevado a la pregunta siguiente: ¿Qué instituciones corresponden a esta definición, pero no son instituciones de depósitos y no están cubiertas por la garantía de depósitos?

Si los economistas se hubieran planteado esta pregunta, les habría llevado directamente al riesgo que representaba el desarrollo de un shadow banking[2]. Entonces, se hubieran dado cuenta que los fondos monetarios eran utilizados funcionalmente como depósitos, pero sin garantías. En resumen, hubieran comprendido que una crisis bancaria como la de 1931 era bastante más que una simple eventualidad en la América del siglo XXI. Pero no se dieron cuenta.

Hoy en día, pienso que hemos conocido algo más que una crisis bancaria: una crisis más general de balances. Y me gusta pensar que mis recientes trabajos con Gauti Egertsson para intentar modelizar este tipo de problemas ayudan a clarificar la naturaleza de esta crisis. Pero habría hecho falta que los economistas fueran conscientes de este tipo de problemas. He mencionado ya la importancia de los problemas de los balances en mis análisis de la crisis asiática de los años 1990. Y existe una larga, aunque insuficiente, tradición de análisis centrada en los efectos del apalancamiento y sus riesgos macroeconómicos, desde los trabajos de Irving Fisher a aquellos de Richard Koo pasando por los de Hyman Minsky.

En realidad, los economistas se beneficiaron de marcos de reflexión suficientemente elaborados para anticipar el riesgo que una crisis bancaria o una crisis de balances explotaría en nuestra  cara en 2008. Pero los han ignorado. Sólo me puedo explicar considerando que los economistas han sido influidos por el espíritu de la época, la fe en el juicio de los mercados y de la industria financiera. Dentro de este contexto, sostener, o al menos mencionar, la posibilidad que viejos demonios se manifiesten de nuevo bajo nuevas formas volvería a poner en cuestión el conjunto de fundamentos de décadas de políticas, por no hablar de la fundación de una industria muy lucrativa. La profesión ha incumplido gravemente su deber. Pero su peor fracaso llegó después de la explosión de la crisis.

Época oscura en la macroeconomía

Principios de 2009, momento en el qué el plan de estímulo de Obama era aún objeto de debate, me quedé estupefacto leyendo las declaraciones de numerosos economistas reputados que afirmaban simplemente que los gastos del gobierno financiados con deuda no podían en principio aumentar el gasto global. Así John Cochrane declaraba: “Cada dólar de gasto gubernamental suplementario equivalía a un dólar menos de gasto privado”. No entraré en los detalles para explicaros porqué esto es falso. Digamos simplemente que tales declaraciones son reveladoras de una completa ignorancia de cerca de ochenta años de análisis macroeconómico.

Pero lo que quedó claro en los debates políticos después de la crisis de 2008 es que muchos economistas no conocían literalmente nada del efecto multiplicador[3]. No podían concebir que explicar una historia keynesiana lógica y coherente fuera posible. Hemos entrado en una época oscura de la macroeconomía, una en la que el conjunto de la profesión ha perdido sus viejos conocimientos, al igual que cuando la Europa con las invasiones bárbaras perdió el saber de griegos y romanos.

Mientras que la política monetaria podía soportar la carga de la estabilización macroeconómica, esto no planteaba demasiado problema: incluso cuando los modelos de equilibrio general se convirtieron en más y más dominantes en los estudios superiores, en los bancos centrales, como en los monasterios medievales, guardaban vivos los antiguos aprendizajes. Pero una vez golpeados por una crisis tan grave que la política monetaria no tiene ningún margen de maniobra, se convirtió en crucial que la profesión económica concibiera de manera coherente y lúcida otras formas de acción. Y esto resultó imposible.

¿Como todos esos conocimientos se han podido perder? Teniendo en cuenta mi edad, he podido asistir en tiempo real a la transformación de la macroeconomía, y lo que se ha producido, en mi opinión, revela un proceso social incontrolable. En primer lugar, los éxitos académicos en economía volvieron al publicar artículos “duros”, es decir, habiendo recurrido a las matemáticas rigurosas y preferentemente difíciles. Lo que en sí mismo favorecía las publicaciones orientadas a modelos de equilibrio general, en oposición al tipo de modelización ad hoc que yo considero como la macroeconomía útil. La educación superior, a su vez, se focalizó más y más en este tipo de trabajo que podían dar lugar a publicaciones y ascensos del profesorado. Las cohortes de estudiantes fueron así formados en la nueva y rigurosa versión de la macroeconomía, lo que les ha hecho perder el contacto con los éxitos intelectuales previos. Y cuando estas cohortes acceden al profesorado, barren la ruta a quienquiera que ponga en cuestión el enfoque de la economía dominante. Robert Lucas escribió hace más de 30 años – ¡aprobándolo!– sobre como los participantes en seminarios “cuchicheaban y reían tontamente” cuando alguien presentaba un análisis keynesiano. No es de extrañar que las ideas de no-equilibrio se retiraran de los planes de estudio y de las conversaciones.

Todo esto estaría muy bien si el triunfo del anti-keynesianismo estuviese justificado con un éxito empírico superior. Pero no fue así. Tal como leo la historia de los enfoques de equilibrio, es una historia de fracasos mayores. Los modelos del tipo de Lucas claramente fallaron en no tener en cuenta la duración de las recesiones; más que reconsiderar los precios flexibles y las expectativas racionales, los seguidores de Lucas lo trasladaron al ciclo económico real (real business cycles (RBC)). Los modelos RBC no han generado ninguna predicción notable, y de hecho perdieron cualquier credibilidad cuando la productividad empezó a convertirse en pro-cíclica en lugar de en contra-cíclica. Pero en ese momento la gente que hacía estos modelos no sabía que había otras alternativas.

El resultado ha sido que frente a una de las crisis económicas más graves, la profesión ofreció una  serie de cacofonías. Una manera mejor de decirlo es que el debate político 2009-2010 fue virtualmente indistinguible del debate de 1931-1932. Doctrinas ampliamente refutadas fueron recuperadas del vertedero de la historia como si de ideas frescas y nuevas se tratase –y ellas eran frescas y nuevas para muchos economistas porqué la profesión había perdido mucho de su herencia histórica.

En resumen, en respuesta a la crisis, la profesión presentó un lamentable espectáculo de innecesaria ignorancia que incluso no se reconocía como tal, de amargo debate sobre cuestiones que fueron resueltas bastantes décadas antes. Y todo esto, naturalmente, hizo a la profesión mayormente inútil en un momento en que podía y debía haber sido de gran servicio. Pongámoslo de esta manera: habríamos respondido mejor a esta crisis si la macroeconomía hubiera sido congelada en el nivel de conocimiento que tenía en 1948, cuando Paul Samuelson publicó la primera edición de su famoso manual. Y el resultado ha sido dejar la presente discusión sobre políticas sin ninguna disciplina de las personas que deberían dar forma a ese debate: políticos y funcionarios del gobierno han estado libres de seguir sus prejuicios e intuiciones, no importan las lecciones de la historia y el análisis. Los economistas han fracasado en cumplir con su función social.

¿Y ahora qué?

Siento haber pintado un cuadro tan oscuro del rol de los economistas en la crisis. Desafortunadamente, es así como lo veo. Entonces, ¿qué se puede hacer para mejorar este cuadro? Algunos economistas se esfuerzan en integrar en sus nuevos modelos macroeconómicos las lecciones de la crisis. ¡Yo también! Pero nuestro principal problema es la falta de modelo.

También hay numerosas llamadas a un nuevo pensamiento económico. Una vez más, está bien, pero el mayor problema que hemos tenido en la profesión no ha sido el de adaptarnos a un mundo cambiante, ha sido no acordarnos de lo que nuestros padres aprendieron.

Lo que realmente necesitamos es un cambio en la dinámica social destructiva que nos ha traído hasta aquí. Y yo querría saber cómo hacerlo. Pero mi dificultad es evidente: soy un economista, y parece que necesitamos algún tipo de sociólogo para resolver nuestros problemas internos.

Paul Krugman,”The Profession and the Crisis”

http://www.palgrave-journals.com/eej/journal/v37/n3/full/eej20118a.html

También en francés en Alternative Economiques n° 309 – janvier 2012: “Crise : pourquoi Les économistes ont failli »

Traducción: Ivan Gordillo.


[1] ‘balance-sheet crisis’ en inglés se refiere a una forma específica de entender las crisis económicas basada en el examen de variables stock  en el balance agregado de un país y en los balances de sus sectores más importantes (activos y pasivos) según el Fondo Monetario Internacional. Nota del traductor.

[2] Sistema bancario fantasma dónde las entidades no reciben depósitos y no están sometidas a la reglamentación bancaria.

[3] 100 euros de gasto público provocan un incremento de la renta nacional más importante (de ahí la idea de multiplicador) que el gasto inicial.