“Su modo de vida apenas había cambiado. Se levantaba a las siete, bebía varias tazas de café puro y luego se retiraba a su gabinete de trabajo, donde leía y escribía hasta las dos de la tarde. Después de despachar de prisa la comida, trabajaba nuevamente hasta la hora de la cena, que hacía con su familia. Luego daba un paseo por Hampstead Heath, o volvía a su gabinete, donde trabajaba hasta las dos o tres de la mañana. Su yerno Paul Lafargue dejó una descripción de su cuarto:
Quedaba en el primer piso y recibía luz por una ancha ventana que se abría al parque. La chimenea estaba frente a la ventana y la flanqueaban anaqueles sobre los cuales se apilaban, hasta el techo, paquetes de diarios y manuscritos. A un lado de la ventana había dos mesas, igualmente cargadas con papeles de toda índole, diarios y libros. En el centro del cuarto había una pequeña mesa de escribir y un silloncito. Entre este sillón y uno de los anaqueles se veía un sofá de cuero en el que Marx se tendía ocasionalmente para descansar. Sobre la repisa de la chimenea había más libros diseminados entre cigarros, cajas de cerillas, potes de tabaco, pisapapeles y fotografías: las de sus hijas, su mujer, Engels, Wilhem Wolff… No permitía que nadie pusiera orden en sus libros y papeles… pero inmediatamente encontraba el libro o manuscrito que deseaba. Cuando conversaba, solía detenerse un momento para mostrar en un libro el pasaje pertinente o buscar una referencia… Desdeñaba las apariencias cuando acomodaba los libros. Los volúmenes en cuarto o en octavo y los folletos estaban amontonados desordenadamente, según su tamaño y forma. Le inspiraban poco respeto su formato o encuadernación, la calidad del papel o la belleza de la tipografía; volvía las esquinas de las páginas, subrayaba libremente y escribía en los márgenes. En verdad, no anotaba los libros, pero no podía evitar poner un signo de interrogación o de admiración cuando el autor iba demasiado lejos. Todos los años releía sus anotaciones y subrayaba pasajes para refrescar la memoria… que era vigorosa y segura: la había adiestrado conforme al método de Hegel de aprender de memoria versos en una lengua extranjera.
Dedicaba los domingos a sus hijos, y cuando éstos crecieron y se casaron, a sus nietos. Toda la familia tenía apodos; los de sus hijas eran Qui-Qui, Quo-Quo y Tussy; el de su mujer, Möhme; él mismo era conocido como el Moro o Viejo Nick, a causa de su tez oscura y apariencia siniestra. Las relaciones con su familia fueron siempre -inclusive con la difícil Eleanor- cálidamente afectuosas.”
“Karl Marx”, Isaiah Berlin. Alianza Editorial 1973.